EL CORREO
jueves, octubre 28, 2004
 
INVITACIÓN
Después de leer estos posts, sírvanse pasar a:

AQUÍ ESTAMOS
Pero de aquí no somos



miércoles, septiembre 08, 2004
 
Mi pobre realidad y mi santo ideal
Escribía el 12 de julio de este año:
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Se necesita la dimensión religiosa. Y bien entendida. Se necesita que filtremos todo nuestro accionar, incluso el que parece más alejado de la religión, a través de las palabras de Jesús. Nada nuevo. Nada más vigente, sin embargo. Ayer mismo domingo, en el Encuentro más importante de cada semana, lo volvimos a escuchar, y nos sigue obligando.
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Y agregaba ayer:
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No debemos esquivar la inquietud (estará siempre presente) generada en cada momento de nuestra vida por la tensión entre lo que podemos hacer y lo que debiéramos hacer si queremos ser fieles a lo que creemos (se podría acotar: si fuéramos realmente fieles a lo que creemos, "lo que debiéramos" no sería otra cosa que "lo que quisiéramos").
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Hay muchas situaciones de mundo en las que lo que nos enseñaron se torna difícil de llevar a cabo. Nos cuestionamos entonces: ¿esta enseñanza quería efectivamente decir eso? ¿Cómo hacerlo acá y ahora? ¿Cómo poner la otra mejilla? ¿Cómo perdonar al que me ofende? Y muchas veces las respuestas que nos damos pueden ser: "en este caso no se puede realizar" o "no es eso lo que quiere decir la enseñanza, no leamos literalmente".
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Esas respuestas pueden tener algo de verdad. Es muy probable que necesitemos la ayuda de un caminante más avanzado en el camino de la fe para que nos siga enseñando en mayor profundidad la palabra de Dios. Pero también esas respuestas pueden ser engaños que nos hacemos a nosotros mismos. Tenemos que recordar que lo que Jesús nos pide es ambicioso. No hay que negar que si bien su yugo es suave y su carga ligera, se entra por la puerta estrecha y se entra de su mano. Estamos entonces llamados a cosas grandes, a ser perfectos. Y esa perfección nos la propone la Palabra de Dios, la cual no es de este mundo, y por eso va contra la corriente de este mundo.
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El camino está trazado, la enseñanza está dada y no hace falta ser un sabio para comprenderla (sino precisamente todo lo contrario). Estamos llamados a ser santos. La enseñanza es exigente. Que no la podamos cumplir de inmediato (que no es otra cosa que no poder dejar que Él actúe, falta de fe) no quiere decir que la enseñanza deje de tener valor, ni quiere decir que en algunos casos no haya que intentar aplicarla, ni quiere decir que estamos leyendo literalmente y por eso interpretándola mal.
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Jesús nos pide amar al enemigo, Jesús nos pide poner la otra mejilla, Jesús nos pedía nuevamente este domingo dejar todo y seguirlo. Y para mí "dejar todo" aún puede ser "no darle excesiva importancia a las cosas de acá", pero para otro más avanzado en la fe, o con otra vocación, ya puede ser literalmente dejar todo. Y para nosotros los laicos "inmersos en el mundo" quizás nunca pueda ser dejar todo, o quizás sí, pero será cada vez más algo parecido a eso. (Nota para pensar en otro post: ¿qué es todo?).
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Seamos capaces de dejar la meta ahí donde está, para que nos siga exigiendo llegar a ella. No temamos el diario enfrentamiento entre mi pobre realidad y mi santo ideal. Entre lo que podemos hacer y lo que debemos, o mejor dicho, queremos hacer.

jueves, agosto 26, 2004
 
Da lo que mandas...
10/08/04
"No hay prueba de que la religión sea mala para el mundo: nunca nadie ha cumplido con absoluta fidelidad lo que Dios propuso. Conclusión: intentarlo, es la solución que todavía no probamos".

- Es imposible cumplirlo.
- Vaya novedad.
- Y bueno, así como es imposible que el hombre construya con la ciencia u otra herramienta, pero sin Dios, un mundo perfecto, también es imposible cumplir con lo que manda Dios.
- Pero hay una diferencia.
- ¿Cuál?
- Los dos son imposibles para el hombre.
- ¿Entonces?
- Pero una es posible para Dios. Que vos hagas lo que dice Dios es posible, él lo puede hacer en vos.
- Verso.
- No es verso. Pero para saberlo debés probar. Ya al intentarlo irás descubriendo la paz interior, ese anticipo de la perfección que buscamos para el mundo y nos es imposible.

Resumamos: dos imposibles, pero imposibles para el hombre. Y qué más querés: ¡no hay nada que hacer! Dios lo hace.
Suena raro, ¿no? La alegría del vago, parece. Una falta de responsabilidad total. ¿Cómo que nada que hacer? ¿No era que a Dios rezando y con el mazo dando? Sí, sí, pero pongámonos en otro plano. Dios te pide: amá a tus enemigos, perdoná siempre, sé perfecto. Y eso, eso, es imposible para nosotros. ¿Entonces para qué lo pide? Para que te entregues en sus manos, y dejes que lo haga él, y veas que no todo está nuestras manos. Para hacernos humildes, pequeños. Y que si pretendemos ser grandes y autosuficientes nos frustremos y lloremos por nuestra debilidad. Y finalmente humildes, pequeños, como niños, podamos entrar al Reino.

¡Y a trabajar!, que hay que ganarse el pan, y hay que esforzarse, porque amar a Dios y a los demás implica sacrificio. Si me asusta eso de que "no hay nada qué hacer", porque soy un tipo responsable, debo pensar que mi esfuerzo y dedicación a ser buen cristiano es también el esfuerzo por darle el lugar a Dios, el esfuerzo por dejar que él haga, el esfuerzo por pensar que no puedo hacerlo todo. Hay recetas para mejorar cosas: recetas y métodos para adelgazar o para mejorar en la oración, para sacar músculos o para ser buen cónyuge, pero no hay nada como la oración sincera que dice: no puedo, lo pongo en tus manos, dame fuerza. (Por supuesto que en diálogo con Dios quizás Él nos diga: "mirá, es en vano que saques músculos, ya estás bien fortachón; en cuanto a lo de ser buen cónyuge, en eso sí te voy a dar fuerzas").

Hay trabajo, hay sacrificios, hay responsabilidades, y ahí debemos dar con el mazo. Cuesta levantarse a la mañana para ir a trabajar. Dios no va a venir, tocar con su mano, sacarnos el sueño, vestirnos y ponernos en colectivo o manejarnos el auto en el tráfico. No es eso. Pero si me cuesta levantarme, es porque el día no me ofrece perspectivas (que somos futurizos, diría Julián Marías). Y ahí debo entonces revisar con Dios qué es lo que estoy haciendo.

Y me quedé pensando en la frase: "a Dios rezando y con el mazo dando". Quizás nos pueda inducir a un error. Quizás las dos acciones propuestas: rezar y dar con el mazo, no sean alternativas en cuanto al tiempo, quizás no sean excluyentes en cuanto al momento en que se ejecutan. Quizás estén íntimamente unidas en cuanto su realización. Creo que la frase no significa o no debería significar algo como: "en la vida hay que rezar y hay que trabajar", como dos cosas aparte. Al trabajar hay que rezar, ponerse en manos de Dios, reconocerme débil, imperfecto, necesitado de ayuda. Necesitado de ayuda aún en lo que hago siempre, eso que me sale de taquito. Porque eso que hago no está formado sólo por lo que es su componente de habilidad práctica, sino que también tiene fines, es también un servicio a los demás, es susceptible de ser analizado en cuanto a "si me gusta aún lo que hago o ya no tanto", etc. Y para ver todas esas cosas sin duda que necesito la ayuda de Dios.

Sí, quizás la frase era para esos que se quedaban rezando esperando que todo se solucione, y no movían un dedo. En cierta forma está bien. Pero ojo. Sólo eso. No pasarse del otro lado y "pecar de responsable", que es quien piensa que a fuerza de voluntad puede hacer todo: comprar un auto, aprobar un examen, ser puntual, ser buen esposo o ser buen cristiano. Si mi voluntad es fuerte, me alegro, pero también temo, no sea que me crea capaz de todo. Porque al hablar con Dios, le diré: "mirá, con mi voluntad cumpliré todos tus mandatos, soy fuerte". Y él me mirará, compadecido ya de mí. Y qué sé yo... me hará creer que puedo arreglar el mundo; me hará pensar, engañado por mis virtudes, que a fuerza de hacer todo bien podríamos tener un mundo mejor (un mundo de personas supervoluntariosas), para luego desengañarme con el tiempo. O si no, si no me deja que me engañe así, es probable que me presente, por el contrario, pruebas difíciles de superar, frente a las cuales y con mi fracaso, veré que no puedo todo.

23/08/04
Como sucedió también unos posts atrás, después de escrito todo el texto dimos ¿por casualidad? con una frase que resumía la idea. En este caso, desde las Confesiones de San Agustín, libro décimo, capítulo 31. Sin duda recordando al apóstol Pablo, a quién tenía mucho afecto, expresa: "Ni aún aquel a quien, diciendo tales cosas bajo el soplo de tu divina inspiración, amé en extremo pudo algo por sí, porque era también polvo. Todo lo puedo –dice– en aquel que me conforta. Confórtame, pues, para que pueda; da lo que mandas y manda lo que quieras. Confiesa éste haberlo recibido todo, y de lo que se gloría se gloría en el Señor ( 1 Co 1,31)".

jueves, agosto 12, 2004
 
¿Falta de voluntad?
En relación con el primer post del día 2 de julio de 2004 (cliquear sobre estas letras para verlo, luego volver), el siguiente está escrito en el mismo tono y es una idea más acabada.

El autor no gusta pensar más en la idea: “nos molestó tu Palabra”. Sino que intuye más bien una falta de “fidelidad” a los propios intereses, que quizás no sea más que otra cara de la falta de voluntad (¡!).

No la falta de voluntad de acción, sino la falta de voluntad de deseo, pero esto es ya conjeturar demasiado y en terreno poco firme para nuestras humildes patas.

- Ama a tus enemigos -nos dijo. Y los obedientes dijimos:
- Sí, cómo no, perfecto.
- ¡Eh! ¿Cómo
perfecto? No es nada fácil lo que te propongo.
- Ah, pero es tu ley, y yo la obedezco.
- Pero pensalo: no podrás, es muy difícil. Manifestá tus deseos íntimos primero: vos querés tranquilidad... - No te preocupes.
- ¿Estás entendiendo lo que te mando? ¿No lo resistís porque lo comprendiste perfectamente o no lo resistís porque ni siquiera tuviste en cuenta tus deseos? Tus deseos son legítimos. Si escucharas a tus deseos, mi mandato te chocaría más, te molestaría, dirías: “¿Para qué me mandas esto que es imposible?”.

Yo te diré: “mi yugo es liviano y mi carga ligera”. Con mi mano misericordiosa te calmaré y te diré: “no te inquietes”.
Confía en mí. Yo podré hacer que lo logres. Te llevaré por caminos de entendimiento, de razón. Te haré entender porque es mejor amar a tus enemigos. Lo entenderás con todo tu ser. Lo comprobarás si confías en mí e intentas cumplir lo que te mando.



lunes, julio 26, 2004
 
La miseria de no amarte
El Correo encontró tirada en la vía pública una gacetilla de autor anónimo.
Se trataba de una hoja arrugada de papel barato, bastante absorbente, color rosado claro casi transparente, con letras de tinta azul oscuro, bastante absorbidas. Como no se encontró nada referido a objeciones para su publicación, la transcribimos integra a continuación.


¡Mirá lo que van a hacer los del gobierno!
- Bah, van a fracasar...

No seas malo.
- No soy malo, soy realista.

No me digas: "soy realista".
El verdadero realista respeta la realidad.
Mi ilusión es real. Si la matás, no sos realista.
Realista es el que admite la realidad.
Admite por lo tanto también que hay ilusiones.
Y si se toma en serio la vida, se debe tomar en serio a las ilusiones.

Y las ilusiones son querer estar mejor.
Y si dejamos de tomarnos en serio a las ilusiones es porque dejamos de tomar en serio el querer estar mejor.
Y si no queremos estar mejor, nunca estaremos mejor.
¿Y si queremos estar mejor, lo estaremos?
Si queremos estar mejor, hay más posibilidades de estarlo.
Si queremos estar mejor, de hecho ya estamos mejor, porque en el sólo intento está la felicidad.

Quizás algo de todo lo que dije quería decir la frase que me encontré ayer, en el blog Fotos del Apocalipsis: "Sólo hay una tristeza: la de no ser santos". De León Bloy.

Si queremos estar mejor, de hecho ya estamos mejor, porque en el sólo intento está la felicidad, dije.

Y nos damos cuenta recién cuando dejamos de intentar.
Cuando dejamos de intentar nos damos cuenta que empezamos a "ir para atrás", a estar "menos mejor".
No podemos decir: "hasta acá llegué", como decir: "seré bueno en un 80%". Si no sigo avanzando, retrocedo.
Quizás no nos demos cuenta enseguida, pero si leemos atentamente la realidad lo empezaremos a ver.
Si hacemos el mal, no es fácil estancarse en un nivel del mismo, o sea, no es fácil cumplir una premisa como: "haré este poco de mal solamente", porque el mal arrastra a más mal. Por el contrario, sí que es fácil estancarse en un nivel de bien, porque parece que estamos quietos (pero lentamente el mal empieza a tirar).

Eso entendí yo cuando leí: "Los hombres han podido establecer una especie de nivel para el bien. Pero ¿quién ha sido capaz de establecer el nivel del mal?". El Padre Brown, creación de G. K. Chesterton, le hablaba así al todavía delincuente Flambeau en el relato Las estrellas errantes, del libro La inocencia del Padre Brown.

Y ahora entiendo algo más. Es inestable ese "nivel de bien". Hay que hacer el bien. Y hacer el bien es hacer un bien tras otro. Necesariamente. Si no se transforma en: "dejar de hacer el bien".
Hay que proponerse cada día, a cada rato, hacer el bien, más que no hacer mal. Quedarnos solamente en "no hacer mal" es engañarse, es quizás elegir algunos males a evitar, para no ver otros.

No hacer el bien es estancarse. Y luego ir para atrás, o a la deriva, hacia dónde lleve el viento o la corriente. Y no nos llevará el viento que "sopla donde quiere" (Jn. 3, 8), el Espíritu, sino el "río de la costumbre humana", como lo llama San Agustín en las Confesiones. "¿Quién hay que te resista?" Libro primero, capítulo 16.

Responderemos que los vivos. Los vivos serán los que resistan esa corriente. "Las cosas muertas pueden ser arrastradas por la corriente, sólo algo vivo puede ir contracorriente", dice G. K. Chesterton en El hombre eterno. Los vivos son los que intentan ser mejores, desafían al realismo (disfraz del pesimismo), lo desafían en ellos y en los demás, creyendo en ellos y creyendo en los demás y sus posibilidades de ser mejores. Los vivos no lo son gracias a sus fuerzas; son vivos porque tienen una Vida que los anima. Nacieron "de agua y de Espíritu" (Jn. 3, 5).

Es común que hoy en día te desanimen, en nombre del realismo.
El pesimismo (y el escepticismo) hoy muchas veces son llamados realismo.
El pesimismo se refiere al futuro. Por lo tanto, no hablemos de realismo respecto de algo que aún no se hizo realidad.
La realidad del futuro la hacemos hoy, pero no con realismo, no tendría sentido.
La realidad del futuro la hacemos hoy, con optimismo o con pesimismo.

Si 100 veces salió mal, podemos adivinar que volverá a salir mal.
Pero no se trata de adivinar. Se adivina algo que no depende de uno. El futuro depende de uno, por lo tanto, estimar que volverá a salir mal es ya decidirse a hacerlo mal, es querer que salga mal, es no importarme como salga. Es en definitiva actuar (acción u omisión) para la creación del futuro, y actuar para un mal futuro.

Quizás haya otra raíz en este conflicto. Y es el pensamiento de que el futuro no depende de uno.
En muchas cosas pensamos que nuestra intervención es nula. Pero no nos damos cuenta de que, "en realidad", estamos influyendo mucho. Si creo que algo que va a hacer el otro está condenado al fracaso, puedo, con mis expresiones y demostraciones, contagiar el pesimismo, pudiendo incluso el contagio llegar a los mismos actores, influyendo en su desánimo y futuro fracaso. Tanto en el caso de un amigo que ve que no confío en él, como (podría ser) en el caso de un gobierno que percibe una opinión pública demasiado agresiva en su contra.


Tiene que ver con todo lo que dije lo que expresó San Agustín en sus Confesiones cuando escribió: "¿Y qué soy yo para ti para que me mandes que te ame y si no lo hago te aíres contra mí y me amenaces con ingentes miserias? ¿Acaso es ya pequeña la misma de no amarte?" Confesiones, Libro primero, Capítulo 5.

¿Acaso es pequeña la miseria de no amarte, la miseria de no ser santos, la miseria de no querer ser mejores? Esa miseria nos habla mejor que cualquier razonamiento acerca de la necesidad y de la importancia de querer estar mejor, de querer ser mejores.


viernes, julio 02, 2004
 
Fundamentos trascendentes (preocupación y optimismo)
En el Simposio Regional del Consejo Pontificio de la Cultura «La fe cristiana, creadora de cultura para el tercer milenio» -celebrado en Madrid del 22 al 25 de octubre de 1995, en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense- Mons. Franc Rodé, Secretario del Consejo Pontificio de la Cultura (Eslovenia) hizo su aporte con la conferencia: LA «CULTURA DE LA NACIÓN» EN PERSPECTIVA CRISTIANA. LA FE ANTE LOS NACIONALISMOS CONTEMPORÁNEOS. Destaco el siguiente párrafo:

“Con la Revolución francesa se trastocan la concepción del hombre y de la sociedad, y como consecuencia aparece también un concepto nuevo de nación. Es característica la voluntad de hacer triunfar una nueva moral que tiene como idea-guía el principio de inmanencia o de autonomía, en contraposición al principio de trascendencia o de heteronomía. Hasta este momento histórico, las sociedades se basan en un sistema de valores derivado de un principio que es a la vez superior y externo a la misma sociedad. De este modo, las normas de la vida individual y social se ordenan a un fin diverso de la misma sociedad y de los individuos que la componen. El fundamento de la sociedad es un hecho religioso, pues la vida humana y su organización social están determinadas por la trascendencia de la divinidad. Éste era el caso, por ejemplo, de los regímenes políticos europeos de la Cristiandad durante los siglos XII y XIII.

A partir del siglo XVI se desarrolla en el seno de estas mismas sociedades un proyecto de autonomía; pero no se concibe sólo en términos de independencia entre poder civil y poder eclesiástico, sino que es la misma sociedad humana la que se constituye en principio y norma de sí misma. Semejante objetivo conllevaba la transición del absoluto religioso trascendente al absoluto sociopolítico inmanente, así como la sustitución de una norma moral fundamentada en Dios, por una norma moral puramente humana, legitimada por la razón individual o por el orden social. Ya Maquiavelo construye su sistema interpretativo de la política basándose en la idea de que la adquisición y la conservación del poder político es el valor supremo y absoluto de la vida. Y, dos siglos más tarde, Jean-Jacques Rousseau sacraliza el poder político como expresión de la voluntad general. Asímismo, Thomas Hobbes, James Mills y los enciclopedistas reducen la moral a la búsqueda del placer sensible y a la huida del dolor. Por último, en el siglo XIX, Fichte, Schelling y Hegel acaban por sacralizar a la sociedad y a sus dirigentes.”


Y a continuación un fragmento de una interesantísima editorial de La Nación del año 1999:

“Pero aun quienes han negado la existencia de un valor supremo absoluto, se han visto obligados, en toda época, a recurrir a tablas de valores de carácter empírico y a fundarse en esas tablas para poder organizar formas de vida y de relación razonablemente estables.

Es que sin una escala objetiva de valores -por ejemplo, la que privilegia la dignidad de la persona humana- sería imposible estructurar una sociedad sustentada sobre bases de convivencia duraderas y sobre pautas compatibles con el respeto a los principios culturales y humanísticos que se fueron consolidando a través de los siglos por encima de las antinomias y diferencias que jalonaron el devenir histórico.

Los valores emanan, con frecuencia, de los principios inmutables proclamados por una fe religiosa. Pero también pueden fundarse en concepciones no religiosas, desvinculadas de toda referencia a un Dios creador. De hecho, la historia de las culturas no es otra cosa que el desarrollo pluralista de ideas, creencias y concepciones que, colisionando a veces unas con otras, lograron modelar, por encima de las diferencias, un repertorio de valores fundamentales que hoy gozan de reconocimiento universal.”


Del fragmento anterior quiero destacar un párrafo, porque creo que hay algo que aclarar:

“Los valores emanan, con frecuencia, de los principios inmutables proclamados por una fe religiosa. Pero también pueden fundarse en concepciones no religiosas, desvinculadas de toda referencia a un Dios creador.”

No sé si se aplica a otras religiones, pero en el catolicismo, los principios inmutables que proclama la fe religiosa no son invenciones del hombre, sino que surgen de las mismas verdades que todas las conciencias pueden reconocer (como por ejemplo la dignidad de la persona humana) y se van perfeccionando por la enseñanza de Dios.

Por otro lado, y según La Nación, los principios inmutables podrían no fundarse en referencia a un Dios creador. Pero eso si interpretamos ese fundarse como una inspiración voluntaria. Podemos no inspirarnos voluntariamente en Dios. Pero para los creyentes el hombre lo que hace es descubrir esos principios (para luego perfeccionarlos), precisamente porque Dios los grabó en su conciencia. Y eso no es un invento metafórico, es lo que se aprendió de los textos antiguos y de Jesucristo, más no soy experto en Teología, sólo aclaro.

Evidentemente el hombre necesita valores o fundamentos trascendentes. Como dice Chesterton en la primera historia del Padre Brown: “(...) sólo el ignorante en cosas de la razón, puede creer que se razone sin sólidos e indisputables primeros principios”. Que el hombre no haya aceptado a la religión como transmisora de esos fundamentos (y no aceptado a Dios como creador de esos fundamentos), es trágico, en cuanto a las consecuencias nefastas sobre la misma historia.

Pero seamos optimistas, quizás con el desarrollo pluralista de ideas, creencias y concepciones que colisionan unas con otras podamos, junto con los no creyentes, redescubrir y reafirmar esos valores trascendentes. Yo veo que el mismo Papa confía en las iniciativas no religiosas como la ONU y su Declaración de los Derechos del Hombre. Porque ve la bondad que las personas son capaces de realizar, la cree inspirada por Dios y confía en que la perseverancia en esas buenas iniciativas puede llevar al hombre de vuelta a Dios.

miércoles, junio 02, 2004
 
Con revisión eclesiástica necesaria
Esta publicación puede tener fallas doctrinales.
Los tres primeros párrafos son una hipótesis, un exámen de conciencia. El resto de los párrafos son palabras propias para cosas que ya fueron dichas.
La cita final fue encontrada recién después de escrito el texto.
El Correo espera comentarios.

En vez de haber descubierto algo grandioso y gritar de alegría "en las plazas y en las calles", queriendo que todos se enteren, a nosotros su Palabra también nos molestó.

Pero en vez de rebelarnos, nos transformamos en los obedientes. Y la molestia que nos causó su Palabra quedó latente dentro nuestro. Y por eso nos irrita aquel que se rebela deliberadamente contra su Palabra. Pero, ¿no es acaso él más sincero?

A nosotros nos molestó su Palabra, lo vimos por un instante como algo tan difícil que en nuestro orgullo (o ceguera quizás, ¿quién conoce este misterio?) dijimos: "no, no puede ser tan difícil, yo puedo cumplirla, puedo cumplir tu Palabra. Puedo ser fiel a tu palabra. Mirá: puedo no matar, puedo no robar, puedo serle fiel a mi cónyuge, puedo..." Y así armamos nuestras propias normas de conducta a cumplir, para cumplir así (¡ilusos!) con su Palabra. Y la debilidad no es tolerada.

Hasta que llegó el hijo pródigo y el Padre lo perdonó. "Entonces... ¿para qué cumplí con tus normas? Si este viene de no cumplirlas y vos le das todo."

Y ya oigo la Voz que me dice: "Vos no cumpliste con mi Palabra, cumpliste con algunas cosas buenas, te conformaste con cumplir con algunas cositas y pensaste que así hacías mi Voluntad. Pero nadie puede ser perfectamente fiel a mi Palabra. Sólo puedes amarme con todas tus fuerzas. Tratando de ser cada vez más fiel, como tan bien hiciste con muchas cosas, pero reconociendo tus debilidades. Y Yo te perdonaré tus caídas".

"Todo lo que tenés es gratis. Te fue dado no por tus méritos, sino porque Yo quiero. Por eso lo que tenés no lo merecés más que el peor de los ladrones, que el peor de los delincuentes, que aquellos que vinieron a trabajar a última hora".

"Amame a Mí, amá a todas las personas, sabé que mis Dones son gratuitos, ponete contento cuanto más personas los posean, porque no son tus competidores sino todos hermanos, hijos míos".


***
El siguiente es un fragmento de Historia de un alma, Santa Teresa de Lisieux, Cáp. I.
"Después subió a la montaña y llamó a los que quiso. Ellos fueron hacia Él" (Mc 3,13) [...] No llamó a los que son dignos sino a los que quiere, o como dice San Pablo: "Seré misericordioso con el que yo quiera, y me compadeceré del que quiera compadecerme. En consecuencia, todo depende no del querer o del esfuerzo del hombre, sino de la misericordia de Dios" (Rom 9, 15-16)

 
"Beneficios...", palabras autorizadas.
Relacionado con nuestro post del 19 de mayo, "Beneficios de la búsqueda de la verdad", hemos encontrado en los archivos privados un artículo publicado por la agencia de noticias Zenit el 6 de febrero de 2004. A continuación su transcripción.

Código: ZS04020606

Fecha publicación: 2004-02-06

Sin ley natural no hay fundamento ético común, advierte el Papa

Indispensable para construir «un diálogo constructivo» en la sociedad

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 6 febrero 2004 (ZENIT.org).- El rechazo de la ley natural es el motivo por el que en estos momentos falta un fundamento ético común a la humanidad, independientemente de su creencia o cultura, constata Juan Pablo II.

El pontífice ha pedido, por tanto, promover convergencias con exponentes de otras religiones y con personas de las diferentes culturas para que la ética, especialmente en la vida pública, no quede simplemente a la merced del consenso de las mayorías.

El redescubrimiento de la ley natural se convirtió en uno de los argumentos centrales del discurso que dirigió este viernes a los participantes en la sesión plenaria bienal de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe.

«La ley natural, accesible de por sí a toda criatura racional, indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral», comenzó recordando el Santo Padre al afrontar este argumento específico.

«Basándose en esta ley --añadió--, se puede construir una plataforma de valores compartidos, sobre los que se puede desarrollar un diálogo constructivo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad y, más en general, con la sociedad secular».


«Como consecuencia de la crisis de la metafísica, en muchos ambientes ya no se reconoce el que haya una verdad grabada en el corazón de todo ser humano», reconoció.

La falta de reconocimiento de la ley natural lleva a dos serios problemas, constató. Por una parte, «la difusión entre los creyentes de una moral de carácter fideísta»

Por otra parte, indicó, «falta una referencia objetiva para las legislaciones que a menudo se basan solamente en el consenso social, haciendo cada vez más difícil el que se pueda llegar a un fundamento ético común a toda la humanidad».

Para redescubrir «la idea de la ley moral natural», confesó, este Papa ha escrito dos encíclicas, la «Veritatis splendor» (6 de agosto de 1993) y la «Fides et ratio» (14 de septiembre 1998).

«Por desgracia, no parece que estas enseñanzas hayan sido recibidas hasta ahora en la medida deseada y este problema complejo debe ser profundizado ulteriormente». reconoció.

Por este motivo pidió a la Congregación para la Doctrina de la Fe «promover oportunas iniciativas con el objetivo de contribuir a la renovación constructiva de la doctrina sobre la ley moral natural».

En esta labor, sugirió, deben buscarse «convergencias con representantes de las diferentes confesiones, religiones y culturas».


miércoles, mayo 19, 2004
 
Beneficios de la búsqueda de la verdad
Extracto de una charla publicada en la revista "Filosofía por ingenieros", nro. 1.
(Al respecto de la mencionada publicación, dijo un filósofo de renombre: "No es de muy buena calidad filosófica, como esperábamos." Y dijo el ingeniero editor: "No es de muy buena calidad filosófica, como temíamos.")


La búsqueda de la verdad.
Algo tan pasado de moda hoy, como no sea que estemos hablando de un juicio o una investigación policial... ¿Eh? ¿Cómo? ¡Ah, sí! O cuando hablamos de religión... ¿Cuándo?

Creo que hay cosas que son verdad para todas las personas, no importa qué religión profese, de qué raza sea, qué edad o cultura tenga. No importa si se la llama ley natural, principios de conducta y convivencia, o como sea.

Se me ocurren algunas verdades, por ejemplo: ninguna persona de por sí vale más que otra, nadie tiene el derecho de quitarle a otra persona la vida, o de quitarle objetos de su pertenencia, etc. No entremos en cuestiones particulares: existen muchas y distintas circunstancias que atenuan o aumentan la responsabilidad de las personas frente a los distintos hechos, o sucede que las cosas "de hecho" se dan contrapuestas a la verdad ("redundantita" la frase), pero las verdades fundamentales siguen vigentes.

La búsqueda de la verdad, como acto o disposición a acercarse a la verdad última de los hechos y las cosas, implica mucho compromiso y valentía, pero brinda muchos beneficios. Me gustaría enumerar algunos.

Uno. A al hora de discutir de innumerables temas, tendríamos que primero ver si coincidimos en nuestros supuestos. Por ejemplo, en estos días se discute sobre la legalización del aborto. Charlando, intercambiando e-mails con varias personas, leyendo cartas, me doy cuenta que la discusión fracasa porque hay presupuestos de ambas partes que no coinciden y no se discuten antes. Por ejemplo: no se habla sobre la cuestión del embrión como vida humana, con lo cual varía mucho la percepción de una y otra parte acerca de lo que el acto de abortar es. Más aún, si en ambas partes se acepta que el embrión es una vida humana, una de las partes puede desmerecer esto en pos de derechos de la madre. Pero entonces, ¿no sería más facil ponerse a buscar una verdad superior, una cuestión anterior? No hace falta buscar riñas por ideas religiosas no compartidas o ideologías distintas. Si sabemos que la vida de dos personas tiene el mismo valor, que ninguna persona está autorizada para quitar la vida a otra, en nombre de ningún derecho, ¿no se reduce mucho el campo de la discusión o, mejor aún, se ubica en un contexto más adecuado?

Dos. Si sabemos que hay verdades que todas las personas pueden aceptar sin atentar contra su conciencia y son verdad siempre (tristemente hoy en día se llama verdad al interés que vence en una lucha de intereses), si sabemos acerca de aquellas verdades, decía, buscaríamos y ansiaríamos encontrar ese que sería el único punto en que todos podríamos coincidir. Sería un punto de partida para lograr una mejor sociedad (por no decir "un mundo mejor", que hoy en día es una frase desgastada, ¡qué pena!). Todos intentaríamos saber dejar de lado nuestros intereses personales, ya que todos buscaríamos la verdad, concepto inseparablemente ligado, en una conciencia limpia, al concepto de lo bueno.

Tres. Para un periódico o medio de comunicación, sería más realista pretender buscar la verdad que pretender ser objetivo. Todos tenemos distinta percepción de los hechos y quizás necesitemos más de un instante para comprender las cosas. De ahí que pretender que la descripción de un hecho (ni que hablar de la investigación de los motivos o fines) sea objetivo, me parece que es una actitud casi "irrealista". Mientras que la búsqueda de la verdad requiere de valentía y en el mismo esfuerzo realizado ya hay un aprendizaje, una recompensa.

Cuatro. En esta época de tantos conocimientos específicos, tantas especialidades y tantas dificultades para un saber general, completo, la búsqueda de la verdad se presenta como uno de los pilares de la integración del saber. Hoy en día hasta se estudia y se enseña a argumentar o redactar. Y gracias a que de un saber tan particular se hace un gran estudio, nos olvidamos de ver qué fines perseguimos al argumentar o redactar. Podemos lograr un "producto" muy agradable, muy entretenido. Más lo dañino es cuando empezamos a construir cosas serias sobre esas argumentaciones, argumentaciones de estilo perfecto, pero vacías, cargadas de un interés sólo sectorial o en definitiva, que no se ajustan a verdades escenciales. Es así como podemos llegar a conclusiones de una "perfecta lógica" (pero "inhumana lógica"), faltas de verdad. Recuerdo ahora, en el campo del derecho, engendros como el de poder considerar "daño el haber nacido" o "irresponsabilidad médica el haber dejado nacer".

Y hay sin duda muchísimos más beneficios de la búsqueda de la verdad. El lector que fue capaz de llegar hasta acá, quizás ya tenga alguno en mente.

Hay un dicho, de autor que no conozco, que dice: "Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado". Yo me animo a agregar: cree en los que dicen que la han encontrado, pero la siguen buscando. Porque "saben dónde está", pero les resulta difícil adherir a ella con toda la inteligencia y toda la voluntad.


Algún lector que mandó una carta a la revista, dijo que el autor del citado artículo descansaba mucho en el supuesto de la buena fe de las personas. Que en las discusiones, a las personas las guían sus intereses personales y que la frase "Todos intentaríamos saber dejar de lado nuestros intereses personales" le hizo "reír por lo ingenua". El autor ha respondido tiempo después que "si estamos hablando entre, y acerca de personas que buscan lo mejor de las cosas (mejor país, mejor sociedad, etc.), debemos necesariamente suponer buena fe". Y que "si queremos que las cosas vayan mejor, no debemos conformarnos tan orgullosamente con ser sabios acerca de las debilidades humanas, para luego resignarnos, sino que debemos creer que existe una realidad tan importante como lo-que-somos, y ella es: lo-que-deseamos-ser".

Por otro lado, El Correo quisiera agregar que la citada disertación sobre "beneficios" evidencia su caracter ingenieril, mediante, precisamente, el método de la búsqueda de beneficios. Y que esto no debe hacernos olvidar que la verdad es un fin en si misma (¿no es así?). O sea, que la verdad no necesita de utilidades para justificarse. Aunque no le quitamos valor a lo expuesto y reconocemos que lo que el autor nombra como beneficios no son meramente utilidades, sino que son descripciones de la misma "bondad" de la verdad.

martes, mayo 04, 2004
 
PRESENTACIÓN
Varios temas.
En serio.
Por ganas de compartirlo.


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